En cualquier momento el perro marrón me iba a mirar.
Junto a otros dos despedazaba una bolsa o un animal.
Del de su derecha,
por los ojos,
supe que era orgulloso.
Como un joven gordo y feo
que alguna vez fui.
Creía ser el líder,
pero yo noté que era sólo un perro más.
El otro aparecía detrás:
grande, blanco, vulgar.
Sin ambiciones,
como un hombre aburrido.
El marrón buscaba así su compañía.
Ya entre la niebla,
los tres me miraron.
No bajé la vista.
Fue un segundo.
Dejaron de comer
y de a uno levantaron los ojos.
Siguieron su tarea tranquilos,
yo no era otro fantasma,
(aunque podría haberlo sido).
Entonces dije,
en silencio,
a la calle negra;
a la noche,
a la mujer que iba a buscar:
"Todos los perros creen
que la ciudad es de ellos;
pero es de los hombres,
que creen ser dueños
de la ciudad de los perros".
por lucas.
jueves, 29 de enero de 2009
domingo, 25 de enero de 2009
las historias
Es tiempo de contar las historias.
El sol baja en los techos;
y bajará en mí.
En sólo unas horas,
todas ellas se irán a dormir.
Una vez más,
no las habré contado.
Cuando creemos que sí,
en la playa viren,
la canción inédita.
Por temor de que no quepa el mundo dentro de ellas
no cuento las historias de la tarde noche.
La del hombre de un solo ojo
y la del hombre sin amor.
La de la mujer sin penas,
la de la mujer sin piernas
y la de la mujer con piernas que subía la calle.
La tarde triste de la niña de ojos rojos.
El viernes pasado del hombre montés,
la mirada del gato,
el joven que leía
"El viejo que escribía novelas de amor".
Historias del mundo profundo:
un hombre le agradece a dios.
Ojos de agua del hombre,
que vio morir a sus padres en un río.
Historias del mundo cercano:
un viejo se rasca un codo.
Lengua seca del hombre de barba,
a quien nadie verá morir.
Los hombres de las mesas de atrás:
hombres soñando con un futuro igual al pasado,
presos de la repetición.
Buscan: el mismo sabor.
Los hombres de pantalones cortos,
los de los sueters abultados,
los del peine.
Hombres que sueñan con la esquina
y con la mujer de la esquina.
Mujeres en las esquinas,
soñando con hombres del pasado.
La historia del perro que quiere ser un avión.
Lo mira como si fuera un humano.
La del hombre que quiere volar,
y mira a los perros como si él fuera un perro.
Historia del hombre que es todos los hombres
metiéndose el mundo en un pañuelo dentro del puño.
La mujer que viaja
con un libro pequeño forrado en cuero.
Escribe: Viajar en el mar, comer en el vientre.
Ver:pulpos, hombres, amigos, mesas llenas de etiquetas,
medias rotas, soles,
lágrimas,
ojos por la mitad.
De quién son las hisotiras.
De quién es cada hombre.
Para quién las contamos.
Para quién escribimos.
Para quién cantamos o tomamos.
A quién le debemos una historia más.
por lucas
El sol baja en los techos;
y bajará en mí.
En sólo unas horas,
todas ellas se irán a dormir.
Una vez más,
no las habré contado.
Cuando creemos que sí,
en la playa viren,
la canción inédita.
Por temor de que no quepa el mundo dentro de ellas
no cuento las historias de la tarde noche.
La del hombre de un solo ojo
y la del hombre sin amor.
La de la mujer sin penas,
la de la mujer sin piernas
y la de la mujer con piernas que subía la calle.
La tarde triste de la niña de ojos rojos.
El viernes pasado del hombre montés,
la mirada del gato,
el joven que leía
"El viejo que escribía novelas de amor".
Historias del mundo profundo:
un hombre le agradece a dios.
Ojos de agua del hombre,
que vio morir a sus padres en un río.
Historias del mundo cercano:
un viejo se rasca un codo.
Lengua seca del hombre de barba,
a quien nadie verá morir.
Los hombres de las mesas de atrás:
hombres soñando con un futuro igual al pasado,
presos de la repetición.
Buscan: el mismo sabor.
Los hombres de pantalones cortos,
los de los sueters abultados,
los del peine.
Hombres que sueñan con la esquina
y con la mujer de la esquina.
Mujeres en las esquinas,
soñando con hombres del pasado.
La historia del perro que quiere ser un avión.
Lo mira como si fuera un humano.
La del hombre que quiere volar,
y mira a los perros como si él fuera un perro.
Historia del hombre que es todos los hombres
metiéndose el mundo en un pañuelo dentro del puño.
La mujer que viaja
con un libro pequeño forrado en cuero.
Escribe: Viajar en el mar, comer en el vientre.
Ver:pulpos, hombres, amigos, mesas llenas de etiquetas,
medias rotas, soles,
lágrimas,
ojos por la mitad.
De quién son las hisotiras.
De quién es cada hombre.
Para quién las contamos.
Para quién escribimos.
Para quién cantamos o tomamos.
A quién le debemos una historia más.
por lucas
domingo, 18 de enero de 2009
Fuego Lento
alguien escribio por mi la ultima vez, no lo conozco, pero los que si, dicen q nos parecemos en algo.
las cosas, despues.
Estar bien, estar atento, estar mediodia, despues.
ahora no.
Arroz a fuego lento, ahora no, despues.
Dormir, ya no, despues.
Especificar cual es el objeto directo de esta frase,
despues.
ponerme loco loco, despues.
Frenar el carro y ponerse a pensar, despues.
mañana, despues.
chantajear al presidente, despues.
agarrar el telefono, despues.
motocicletas, vacaciones, otoño, despues.
ahora no.
tom
las cosas, despues.
Estar bien, estar atento, estar mediodia, despues.
ahora no.
Arroz a fuego lento, ahora no, despues.
Dormir, ya no, despues.
Especificar cual es el objeto directo de esta frase,
despues.
ponerme loco loco, despues.
Frenar el carro y ponerse a pensar, despues.
mañana, despues.
chantajear al presidente, despues.
agarrar el telefono, despues.
motocicletas, vacaciones, otoño, despues.
ahora no.
tom
sábado, 10 de enero de 2009
En el baño a la mañana
Sentado en el baño,
miré hacia abajo y lo supe:
mis pies eran montañas.
Estáticos, no debajan de moverse.
Se derretían y deambulaban por el piso frío.
Luz buscando el lago,
iban por la rendija de la puerta.
Luego vinieron el agua;
la cabeza (yendo de los pies a la montaña);
las manos;
el otra agua del des sueño.
por lucas.
miré hacia abajo y lo supe:
mis pies eran montañas.
Estáticos, no debajan de moverse.
Se derretían y deambulaban por el piso frío.
Luz buscando el lago,
iban por la rendija de la puerta.
Luego vinieron el agua;
la cabeza (yendo de los pies a la montaña);
las manos;
el otra agua del des sueño.
por lucas.
lunes, 15 de diciembre de 2008
me encontre con la mirada y las manos en la frente, cruze para alcaanzarme algo que se me habia caida y no llegue. Por suerte hoy es jueves, hoy tengo turno, hoy me tocó. Me fui de via en via, enviado por el archicosmos, o como lo conocen por aca, el tren. Divulgando sus creencias, un hombre se expresa de una manera increible, y creo en todo lo que dice, sus palabras son como ametralladoras del bien, entonces intercambio cosas con el, y con el que le sigue y con el que le sigue. Al final me lleve un buscapolo, una tijera de acero inoxidable, unas figus de hijitus y cuantro alfajores. El inconciente que dejo que las ideas se le vayan, ya esta muerto. El idiota de mi vecino parece que tambien y ahora me culpan, no importa. El jean ya no me cabe, ahora voy a andar desnudo, y que ? y que ? y que ? y que pelotudo me dijo el oficial. Ya estoy harto de verte desesperarte por otros, dame algo para poder seguir mirandote desde la vereda de enfrente, cada rosa que se cae es un pedazo de alma que se te va, que otro infeliz te mata un poco mas, y yo que no te puedo consolar, que mi ventanilla es intransferible. No se que esta pasando por tus manos, que yacen rojas sobre la veredea, o como es que un metal tan pequeño haga tanto daño. Que se yo, aun no soy cientifico y ya estoy del otro lado de la planta. Confundieron me con un heroe. Como me rei es dia, y otro tambien me rei mucho, otros no.Otros dias no, y otros no se habran sabido reir como yo. Que simple es reirse de los demas, y no de uno mismo. Para que me voy a reir de mi ? ya son como 23 en el infierno riendose de mi, en el purgatorio es solo 1, y en el cielo no tiene cuerdas vocales, entonces, como hago para reirme de mi mismo si en lo unico que pienso es en que no quiero que se rian de mi, es un defecto de nacimiento. estos ojos, esta boca, las orejas asi, las manos con estas cosas que le salen para todos lados, los pies y sus horribles formas, extensiones al pedo, y vos todavia seguis ahi, tirada. La ultima vuelta de tuerca para terminar de ajustar todo fue el final, se me durmio. Se apagó la tele, Se fue de
por tom
por tom
sábado, 13 de diciembre de 2008
Circo de Nico Oyuela
martes, 9 de diciembre de 2008
Bicho Bolita IX (última parte)
Matías vena cara de sapo gritaba y ahora ya no. Estaba tirado al lado de la piedra y del bolsillo de su traje de baño, con la boca llena de arena, se escurrían algunos de los bichos bolita vivos que le quedaban.
El Sargento García estaba muerto adentro del bolsillo.
FIN
por lucas
El Sargento García estaba muerto adentro del bolsillo.
FIN
por lucas
Bicho Bolita VIII (un cuento en partes)
En las escolleras había una cueva si te metías para abajo. Yo no la conocía hasta ese momento que llegamos con Manuel corriendo él un poco más atrás. Las cosas se escuchaban muy raras ahí adentro, como una vez que había ido al subte o como ponerte dos vasos en las orejas. También había mucha humedad y el agua iba y venía mientras mirábamos adentro de la cueva mirá eso es un forro dijo Manuel. Yo había escuchado una vez antes esa palabra y también un chico más grande en el patio del colegio escupió sangre al lado mío y me dijo tengo sida igual que Goycoechea y vos qué vas a saber qué es el sida, sí, sé lo que es dije en ese momento pensando en la sidra. Nos acercamos al forro y lo vimos más de cerca. Ahí escuchamos un llanto que era el de Matías porque era entrecortado y aguantándose. Estaba atrás de una roca y cuando lo vio a Manuel, Matías cara de sapo se le tiró encima y le pegaba llenos los dos de arena. Después los tres sentados en el piso que no es para que se peleen, son primos che les dije. Matías se había tranquilizado y ahora sólo lloraba un poco entrecortado. Manuel sentado pero qué se cree, quién es, yo me tengo que tranquilizar pero sino lo fajo. Después mirábamos al piso sin saber qué decir y Matías dijo que se iba a ir a vivir mejor a otro lado que no le digan a nadie porque los fajo pero en mi casa me aburro. Manuel se rió pero yo no se muy bien de qué y Matías cara de sapo te voy a fajar a vos, de que te reís, vos y cuántos más, no me hagas montoncito, maricón, pelotudo, otra vez se empujaban, que estás llorando todo el día como una minita, que vos sos un boludo, anteojudo, paren, por lo menos juego a la huevada más que dos VA y Matías le tira una piña con arena que a Manuel se le caen los anteojos, che que no se peleen acá y Manuel lo empuja al final a Matías contra una piedra.
CONTINUARá
por lucas
CONTINUARá
por lucas
lunes, 8 de diciembre de 2008
Bicho Bolita VII (un cuento en partes)
¿Tenés miedo de que tu papá mate a un chancho? ¡PAF! A mí no me daba miedo de que mi viejo mate chanchos, además no había chanchos ahí cerca pero sí muchos perros. Una vez que se acercaba mi cumpleaños en Miramar, que es el 2 de febrero, yo había ido al kiosco de la esquina con no se cuántos mil australes a comprar premios en golosinas para el que gane al metegolentra en el cumpleaños que iba a festejar a la noche con los del balneario en la casa de Miramar, que por suerte tiene jardín también y cuando no estamos en la playa por lo menos no estamos encerrados, decía mi vieja. El señor dueño del kiosco tenía la nariz roja, si uno lo veía de lejos parecía un payaso pero de cerca no se reía ni hacía reír a nadie. Sólo sumaba cosas al mostrador mientras yo le decía y un milka gigante, dos mogul y él anotaba en un cuadernito para que yo no me pase de la plata que tenía para gastar. Estuve un tiempo largo eligiendo y cuando llegué a completar todo con el último palito de la selva, ví que había una pelota de fútbol naranja que mejor prefiero esa pelota si me alcanza señor. No me acuerdo mucho lo que me dijo pero no le gustó nada que yo cambiara de parecer al señor así que unos segundos después yo estaba en casa diciendo que el señor no me quiso vender la pelota, era mucho mejor y no sé porque pero lloraba. Esto se lo decía a mi vieja y mi viejo escuchaba todo hasta que se levantó, cerró el libro que estaba leyendo y me agarró fuerte de la mano corriendo fuimos a lo del señor que en la puerta yo todavía llorando vos te quedás acá lucas dijo mi viejo y entró fuerte al kiosco pidió un chocolate, también unos mogul y cuando pidió muchas cosas mejor lo cambio por esa pelota dijo mi viejo como había dicho yo y ahí el señor kiosquero cara de payaso no entendía y mi viejo le empezó a tirar todos los chocolates en la cara gritaba mi viejo quién se cree que no tiene paciencia con un chico y seguía tirándole golosinas en la cara al señor que estaba muy asustado. Parecía una señora del miedo que tenía. Al rato salió mi viejo con la pelota y yo ya no sabía si todo esto había sido culpa del viejo o de mi viejo, o más que nada mía que había tardado tanto eligiendo las golosinas con cara de payaso. Ese día el campeonato lo ganó Matías y se llevó la pelota a su casa bien lejos mío y al otro día la usamos en la playa.
Desde donde estábamos sentados en el piso con mi viejo él fumando y yo no fumando, se podía ver, si inclinabas un poco la cabeza, el kiosco cerrado del señor nariz de payaso. Mi viejo jugaba con mi pelo mientras fumaba y seguían escuchándose esta vez gritos desde adentro de la casa que andá saber dónde, por ahí sólo, ya es de noche debe tener un miedo.
El bicho bolita parecía que me miraba mientras se escapaba de mis manos. Yo lo ponía en el piso y jugaba a que se vaya lejos hasta que aparecían mis manos en su camino. Y ahí se metía para adentro y se armaba la bolita.
CONTINUARá
por lucas
Desde donde estábamos sentados en el piso con mi viejo él fumando y yo no fumando, se podía ver, si inclinabas un poco la cabeza, el kiosco cerrado del señor nariz de payaso. Mi viejo jugaba con mi pelo mientras fumaba y seguían escuchándose esta vez gritos desde adentro de la casa que andá saber dónde, por ahí sólo, ya es de noche debe tener un miedo.
El bicho bolita parecía que me miraba mientras se escapaba de mis manos. Yo lo ponía en el piso y jugaba a que se vaya lejos hasta que aparecían mis manos en su camino. Y ahí se metía para adentro y se armaba la bolita.
CONTINUARá
por lucas
viernes, 5 de diciembre de 2008
Bicho Bolita VI (un cuento en partes)
Había días cuando no estábamos en Miramar que otros primos venían también de noche a casa y tocaban bocina y ahí salíamos y aunque estábamos en pijama íbamos a una heladería y aunque era de noche y a veces ya habíamos comido el postre íbamos igual y Rosario mi hermana prefería la plata del helado para un chocolate o dos.
Mi viejo fumaba y yo estaba en pijama pero no era lo mismo de lo de la heladería aunque era de noche y había unos primos en el auto ahí estacionado con las ventanas abiertas. De adentro de la casa de Miramar mi tía qué voy a hacer y yo no quería que Tomás se despierte para que no se asuste con los gritos de mi tía y tampoco para seguir siendo el único despierto aunque Rosario estaba en lo de una amiga en la 46 entre la 23 y la 25. Yo sabía que en la heladera todavía estaba la sidra que nos había dejado el dueño de la casa que entre la sidra que nos dejan y las cortinas de los baños me empalago se reía a veces mi vieja con mi viejo y pensé que mejor vamos a tomar la sidra a ofrecerle a mi tía y si se empalaga no llora pero no Luqui quedate un rato acá afuera que está lindo mi viejo con los ojos como bajos y yo me quedé jugando con un bicho bolita que apareció.
Te fuiste a la mierda.
Fui y toqué fondo.
Manuel lo toca a Matías.
Matías vena de sapo.
Pará Azucarera.
Matías vena de sapo con mancha de nacimiento.
El fuerte que había hecho Matías para los bichos bolitas tenía en el medio una marca del pie de Manuel que se reía mientras todos los bichos bolita que había juntado Matías se iban yendo en filita de a uno. Las puertas del fuerte que eran unos palitos de helado Torpedo sin VALE OTRO también estaban rotas y uno de los bichos bolita que Matías le decía Sargento García que era el más gordo estaba semi muerto patas para arriba con el cascarón hecho bolsa. Matías vena de sapo juntó los bichos bolita que quedaban y también al Sargento García y salió corriendo. Manuel se parecía a Manolito el de Mafalda y se llamaba Manuel, tenía la nariz con mocos y con arena y se reía y todavía tenía un pedazo de huevo seco pegado en la oreja, pero no sabía y tampoco se lo dije. Los dos fuimos corriendo atrás de Matías y lo vimos meterse entre unas rocas en la escollera que una vez uno de los chicos de la playa les había dicho cordilleras. Manuel corría pero igual ya estamos grandes para jugar a los bichos bolita y que se enoje así y se ponga vena no sé porque se enoja; sí, pero igual no le digas fui y toqué fondo vos no seas peleador porque no te hizo nada y llegamos a la escollera pero no lo encontrábamos a Matías.
CONTINUARá
por lucas
Mi viejo fumaba y yo estaba en pijama pero no era lo mismo de lo de la heladería aunque era de noche y había unos primos en el auto ahí estacionado con las ventanas abiertas. De adentro de la casa de Miramar mi tía qué voy a hacer y yo no quería que Tomás se despierte para que no se asuste con los gritos de mi tía y tampoco para seguir siendo el único despierto aunque Rosario estaba en lo de una amiga en la 46 entre la 23 y la 25. Yo sabía que en la heladera todavía estaba la sidra que nos había dejado el dueño de la casa que entre la sidra que nos dejan y las cortinas de los baños me empalago se reía a veces mi vieja con mi viejo y pensé que mejor vamos a tomar la sidra a ofrecerle a mi tía y si se empalaga no llora pero no Luqui quedate un rato acá afuera que está lindo mi viejo con los ojos como bajos y yo me quedé jugando con un bicho bolita que apareció.
Te fuiste a la mierda.
Fui y toqué fondo.
Manuel lo toca a Matías.
Matías vena de sapo.
Pará Azucarera.
Matías vena de sapo con mancha de nacimiento.
El fuerte que había hecho Matías para los bichos bolitas tenía en el medio una marca del pie de Manuel que se reía mientras todos los bichos bolita que había juntado Matías se iban yendo en filita de a uno. Las puertas del fuerte que eran unos palitos de helado Torpedo sin VALE OTRO también estaban rotas y uno de los bichos bolita que Matías le decía Sargento García que era el más gordo estaba semi muerto patas para arriba con el cascarón hecho bolsa. Matías vena de sapo juntó los bichos bolita que quedaban y también al Sargento García y salió corriendo. Manuel se parecía a Manolito el de Mafalda y se llamaba Manuel, tenía la nariz con mocos y con arena y se reía y todavía tenía un pedazo de huevo seco pegado en la oreja, pero no sabía y tampoco se lo dije. Los dos fuimos corriendo atrás de Matías y lo vimos meterse entre unas rocas en la escollera que una vez uno de los chicos de la playa les había dicho cordilleras. Manuel corría pero igual ya estamos grandes para jugar a los bichos bolita y que se enoje así y se ponga vena no sé porque se enoja; sí, pero igual no le digas fui y toqué fondo vos no seas peleador porque no te hizo nada y llegamos a la escollera pero no lo encontrábamos a Matías.
CONTINUARá
por lucas
jueves, 4 de diciembre de 2008
Bicho Bolita V (un cuento en partes)
Había un viejo que se llamaba Pérez que era el dueño del balneario al que íbamos. La mujer no me acuerdo cómo se llamaba pero se parecía a él y también se parecía a una actriz que ví después cuando fui más grande. Una actriz judía o que hacía de judía. La mujer tenía siempre un pareo atado que le llegaba hasta muy arriba y le arrugaba las tetas y Pérez tenía siempre el traje de baño muy arriba y hacía que su ombligo sólo se viera por la mitad. Tenía el pelo blanco y se parecía al abuelo de unos primos míos que yo los primeros años creí que era pero después aprendí que no era pero todo esto sin decirle a nadie sino que yo solo me di cuenta de que no eran el mismo. Aunque un día no en Miramar lo vi en traje de baño al abuelo de mis primos y también estaba Matías y Manuel y les mostré que también él tenía el traje de baño como Pérez y nos reímos los tres. Pérez había inventado un juego que se llamaba la huevada y se jugaba una vez por verano y ese era el día de la huevada. Se hacían parejas y el que ganaba se ganaba una copa y Pérez era el juez de la huevada. Después cuando fui más grande los veranos que al final volvimos a ir a Miramar había días que había huevada que yo prefería que no me vieran otros amigos que no eran de la playa aunque yo más que jugar a la huevada me gustaba ver porque aunque era medio tonto el juego era divertido pero el olor a huevo del final con la arena no estaba bueno y a veces si perdías te entraba huevo en la boca. Una vez Belén mi prima ganó con su padrino y mi hermana miraba cómo Belén festejaba y se cree que ganó no sé qué cosa que se puso a llorar sólo por ganar la huevada dijo mi hermana. Las parejas se iban pasando un huevo que repartía Pérez y cada vez que Pérez mientras su mujer miraba tetas apretadas arrugadas, decía VA, con un sonido como si de su boca saliera una pelota de squash; ahí cuando Pérez decía VA las parejas se tiraban el huevo y si lo atajaban pasaban a la próxima vez que Pérez diga VA pero se ponían cada vez más lejos con una línea que armaba Pérez con un palo y no podías pisar esa línea hasta que los últimos estaban re lejos y siempre el que ganaba igual le explotaban el huevo en la cabeza. Ese día antes de lo del llanto de mi tía y mi viejo con el Casio despertándome, Matías había tenido que jugar a la huevada con Gustavo que se hizo el gracioso el pelotudo dijo Matías y no estábamos en la cancha cuando dijo pelotudo, y que a Gustavo se le cayó el huevo sólo cuando Pérez había dicho dos VA y yo ví que Matías se iba enojado vena sapo Matías mientras Gustavo no es para tanto igual gorda, es un jueguito con huevos, ta’ bien que está sensible pero bueno, no lo malcríes tanto me parece mi amor yo escuché que decía Gustavo. No era obligación jugar con tu papá, pero a Matías le dijeron que juegue con Gustavo aunque ya habíamos arreglado que íbamos a jugar juntos y yo al final jugué con Manuel y tardamos como seis VA en perder y quedaban igual algunas parejas.
CONTINUARá
por lucas
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Bicho Bolita IV (un cuento en partes)
Ese verano una de las cosas que también le había hinchado mucho la vena de sapo a Matías fue cuando me contó que el que iba a ir ese año no era su viejo sino que era Gustavo al final. Gustavo decía que era hincha de la selección y era el novio de mi tía. Siempre con Matías nos reíamos cuando Gustavo no se daba cuenta de que él decía que era hincha de la selección, porque el Rayo, un amigo de nuestro primo Manuel de Chacabuco, que fumaba y decía que las mujeres eran soretes, nos había dicho que los varones que decían que eran hinchas de la selección era porque en verdad no eran hinchas de ningún equipo o que ni siquiera les gustaba el fútbol. Pero ese día no se reía cuando me contó que Gustavo iba a ir a Miramar y que iban a ir en el auto de Gustavo porque es más grande y además es gasolero y con eso nos ahorramos mucho más plata además no tiene sentido ir en el auto de tu padre con Gustavo, tampoco una quiere andar generando esos problemas había dicho mi tía antes de que unas horas después Matías esté hecho el sapo Matías adelante mío contando.
Mi tía me miraba con ojos de sapo pensé yo mientras miraba el mantel y quería entender por qué al final me habían despertado. Me gustaba igual que a Tomás no lo hayan despertado porque significaba que ahora los que estábamos despiertos éramos los más grandes como cuando yo después de bañarme en casa bajaba con un mazo de cartas para jugar unas manos de truco con mi viejo ahora que Tomi está durmiendo jugamos unas manos y se va a dormir le decía mi viejo a mi vieja y me guiñaba el ojo pero no tenía el ancho de bastos, sino que sólo lo guiñaba.
Me apretó mucho la cara mi tía cuando se acercó un poco más y ahí se puso a llorar mientras mi vieja la abrazaba. Yo empecé a sacar el mantel para terminar con el llanto pero mi viejo vamos afuera un rato Luqui y no se porqué porque nunca lo había hecho pero pensé que por ahí ibamos a ir a fumar pero sentados contra la pared viendo el auto con mis primos durmiendo mi viejo fumaba y yo no al final.
CONTINUARá
por lucas
Mi tía me miraba con ojos de sapo pensé yo mientras miraba el mantel y quería entender por qué al final me habían despertado. Me gustaba igual que a Tomás no lo hayan despertado porque significaba que ahora los que estábamos despiertos éramos los más grandes como cuando yo después de bañarme en casa bajaba con un mazo de cartas para jugar unas manos de truco con mi viejo ahora que Tomi está durmiendo jugamos unas manos y se va a dormir le decía mi viejo a mi vieja y me guiñaba el ojo pero no tenía el ancho de bastos, sino que sólo lo guiñaba.
Me apretó mucho la cara mi tía cuando se acercó un poco más y ahí se puso a llorar mientras mi vieja la abrazaba. Yo empecé a sacar el mantel para terminar con el llanto pero mi viejo vamos afuera un rato Luqui y no se porqué porque nunca lo había hecho pero pensé que por ahí ibamos a ir a fumar pero sentados contra la pared viendo el auto con mis primos durmiendo mi viejo fumaba y yo no al final.
CONTINUARá
por lucas
martes, 2 de diciembre de 2008
Bicho Bolita III (un cuento en partes)
Matías tenía la cabeza grande pero más grande todavía las orejas. Cuando se enojaba le nacía de nuevo una mancha de nacimiento que sólo se le veía en ese momento y la vena se le hinchaba tanto que parecía un sapo. Las cosas por las que se enojaba eran: por que le mojen la remera, por que le peguen en la espalda fuerte con arena. Le decíamos Azucarera y no le molestaba tanto si se lo decíamos los más amigos, pero se le hinchaba la vena si se lo decían para joderlo. También cuando era más chico, tenía los mocos muy verdes y no había una vez que saliera de abajo del agua de la pileta de mi abuela y no tuviera uno colgando. No le importaba mucho y se lo sacaba cuando le decían y lo tiraba en la pileta no tan lejos como todos querían. Más que nada las mujeres, pero a mí también me molestaba lo de los mocos aunque no lo decía. Matías era mi primo. Era de Boca pero su papá de River.
La pierna de mi hermano estaba entre la cara de mi viejo y yo. Colgaba de arriba y no se había dado cuenta de que todos los demás en la casa estábamos despiertos menos él que era más chico. Dormía con una remera de He Man un poco más grande que yo ya había usado pero no la usaba más. Roncaba un poco. Yo me pasaba la mano por los ojos y escuchaba como Tomás roncaba mientras mi viejo estaba por hablarme o esperaba que me termine de despertar.
La mesa de la cocina era muy grande, más grande que cualquier mesa que yo haya tenido después alguna vez en mi vida o hubiera visto antes de ese momento. El mantel de lejos parecía de tela pero estaba recubierto por un plástico como el forro con el que mi vieja cubría los cuadernos de comunicaciones. Esto hacía que las migas fueran más fáciles de sacar que en un mantel común y a mi vieja le gustaba mucho tanto que habría que tener uno de estos en casa pero te imaginás a nosotros con uno de estos en casa, y ella y mi tía se reían de lo que sería tener uno de esos manteles en casa o una de las sillas de mimbre pintadas de blanco con almohadones de tela con flores que había delante de la tele en la casa de Miramar. Mi mamá se sentaba en alguna de las sillas qué cómodas que son decí que son horribles pero la verdad que son comodísimas y ahí de nuevo se reían con mi tía o con alguna otra amiga vestida con traje de baño arriba y un short abajo, con ojotas yendo a misa.
Ahora no se reían. Yo miraba el mantel y mi viejo me traía un café en una de las tazas blancas de la casa de Miramar mientras mi vieja lloraba en el teléfono medio gritando en voz baja que es un horror, la verdad que es un horror, qué querés que te diga. Yo miraba el mantel y después las sillas blancas de mimbre para ver si el horror eran las sillas y el mantel y ahora venían las risas y mi tía pero lo único que llegó un rato más tarde fue mi tía con el auto en marcha que Gustavo está en la comisaría y nosotros ya estamos yendo para allá, los chicos duermen en el auto, lloraba mi tía.
CONTINUARá
por lucas
La pierna de mi hermano estaba entre la cara de mi viejo y yo. Colgaba de arriba y no se había dado cuenta de que todos los demás en la casa estábamos despiertos menos él que era más chico. Dormía con una remera de He Man un poco más grande que yo ya había usado pero no la usaba más. Roncaba un poco. Yo me pasaba la mano por los ojos y escuchaba como Tomás roncaba mientras mi viejo estaba por hablarme o esperaba que me termine de despertar.
La mesa de la cocina era muy grande, más grande que cualquier mesa que yo haya tenido después alguna vez en mi vida o hubiera visto antes de ese momento. El mantel de lejos parecía de tela pero estaba recubierto por un plástico como el forro con el que mi vieja cubría los cuadernos de comunicaciones. Esto hacía que las migas fueran más fáciles de sacar que en un mantel común y a mi vieja le gustaba mucho tanto que habría que tener uno de estos en casa pero te imaginás a nosotros con uno de estos en casa, y ella y mi tía se reían de lo que sería tener uno de esos manteles en casa o una de las sillas de mimbre pintadas de blanco con almohadones de tela con flores que había delante de la tele en la casa de Miramar. Mi mamá se sentaba en alguna de las sillas qué cómodas que son decí que son horribles pero la verdad que son comodísimas y ahí de nuevo se reían con mi tía o con alguna otra amiga vestida con traje de baño arriba y un short abajo, con ojotas yendo a misa.
Ahora no se reían. Yo miraba el mantel y mi viejo me traía un café en una de las tazas blancas de la casa de Miramar mientras mi vieja lloraba en el teléfono medio gritando en voz baja que es un horror, la verdad que es un horror, qué querés que te diga. Yo miraba el mantel y después las sillas blancas de mimbre para ver si el horror eran las sillas y el mantel y ahora venían las risas y mi tía pero lo único que llegó un rato más tarde fue mi tía con el auto en marcha que Gustavo está en la comisaría y nosotros ya estamos yendo para allá, los chicos duermen en el auto, lloraba mi tía.
CONTINUARá
por lucas
lunes, 1 de diciembre de 2008
Bicho Bolita II (un cuento en partes)
Todavía intentaba saber qué era cuando una mano me movió el cuerpo. Me senté en la cama que todavía era desconocida porque habíamos llegado a Miramar hace pocos días. Lo que me hacía arder las rodillas era la arena y al final mi vieja tenía razón, había que bañarse antes de irse a dormir. Yo tardaba varios días en hacer de la casa una casa, y todavía no lo había logrado. Las sábanas eran muy verdes y la única ventana, chiquita y alta, hacía que, fuese la hora que fuese, yo siempre creyera que todavía era de noche.
Esta vez era de noche de verdad. Eran las cuatro de la mañana y me acuerdo bien porque el reloj de mi viejo era muy grande. Era su reloj de playa. No es que él le llamara así, pero no era el mismo que usaba durante el año, con agujas, sino que éste era un Casio negro con hora sin agujas que yo también lo podía leer. Creí que teníamos que ir a la cancha. Fue lo primero que pensé, porque sabía que uno de esos días íbamos a ir a Mar del Plata a ver a Boca todos juntos apretados amontonados puteando que se puede dale boca en el auto. Pero la cara de mi viejo no era la de ir a ver a Boca y la cara de mi vieja que salía del hombro de mi viejo, parada contra la puerta, con camisón y los ojos rojos era bastante fea. Me dio miedo porque pensé que estaba todavía en el sueño por un momento porque ella estaba más a oscuras. Yo me acordé que faltaba para ir a ver a Boca porque si todavía no habíamos jugado el campeonato de truco no podía ser porque eso sí o sí sabía que estaba en el medio. No sé si al mismo tiempo creí que tenía que ir a comprar pan como algunas veces me tocaba que agarraba la bici, iba bien rápido y me gustaba saber que las calles se llamaban como números que yo podía ir contando y también calculando cuánto faltaba y cuánto tiempo tardaba en hacer por ejemplo siete cuadras entre la 40 y la 26, aunque ya los últimos veranos yo había cambiado de panadería porque mi vieja dijo que parece que la hija del panadero dice que Lucas es muy buen mozo y claro imaginate ella es de Miramar y viene Lucas que la verdad que es muy buen mozo y yo ya no quise ir más por si era fea o si me preguntaban algo y las veces que fui con mi viejo esperaba mejor en el auto.
Pero también cuando estaba tratando de pensar qué era la arena que me raspaba ya había escuchado la voz de mi vieja que mejor despertalo ahora y le decimos.
por lucas
Esta vez era de noche de verdad. Eran las cuatro de la mañana y me acuerdo bien porque el reloj de mi viejo era muy grande. Era su reloj de playa. No es que él le llamara así, pero no era el mismo que usaba durante el año, con agujas, sino que éste era un Casio negro con hora sin agujas que yo también lo podía leer. Creí que teníamos que ir a la cancha. Fue lo primero que pensé, porque sabía que uno de esos días íbamos a ir a Mar del Plata a ver a Boca todos juntos apretados amontonados puteando que se puede dale boca en el auto. Pero la cara de mi viejo no era la de ir a ver a Boca y la cara de mi vieja que salía del hombro de mi viejo, parada contra la puerta, con camisón y los ojos rojos era bastante fea. Me dio miedo porque pensé que estaba todavía en el sueño por un momento porque ella estaba más a oscuras. Yo me acordé que faltaba para ir a ver a Boca porque si todavía no habíamos jugado el campeonato de truco no podía ser porque eso sí o sí sabía que estaba en el medio. No sé si al mismo tiempo creí que tenía que ir a comprar pan como algunas veces me tocaba que agarraba la bici, iba bien rápido y me gustaba saber que las calles se llamaban como números que yo podía ir contando y también calculando cuánto faltaba y cuánto tiempo tardaba en hacer por ejemplo siete cuadras entre la 40 y la 26, aunque ya los últimos veranos yo había cambiado de panadería porque mi vieja dijo que parece que la hija del panadero dice que Lucas es muy buen mozo y claro imaginate ella es de Miramar y viene Lucas que la verdad que es muy buen mozo y yo ya no quise ir más por si era fea o si me preguntaban algo y las veces que fui con mi viejo esperaba mejor en el auto.
Pero también cuando estaba tratando de pensar qué era la arena que me raspaba ya había escuchado la voz de mi vieja que mejor despertalo ahora y le decimos.
por lucas
viernes, 28 de noviembre de 2008
Bicho Bolita I (un cuento en partes)
En el sueño había una casa muy chiquita. Como un cuarto muy chiquito en el que había una vieja o un viejo con una mesa también chiquita como la casa o el cuarto. El viejo o la vieja tenía las uñas tan largas que las usaba para escribir con una tinta en un papel mientras tomaba el té. Agarraba con las uñas unos terrones de azúcar que se manchaban con tinta y los tiraba directamente en su boca, como yo había visto una vez que lo hacía Diana la de Invasión V con unos ratones. Después, sin dejar de mirarme, tomaba de a poco sorbos de café. Tomaba un sorbo y me miraba pero ahí era cuando la cara le cambiaba de viejo a vieja o de vieja a viejo. Había un mosquitero atrás de la mesa y un extractor en el techo como si ahí hiciera mucho calor y una fila de mariposas negras que caminaban desde el piso hasta la mesa y también se las metía en la boca a las mariposas negras. Me miraba el viejo o la vieja mientras se metía las mariposas negras en la boca. Algunas revoloteaban un poco pero después dejaban de moverse una vez que pasaban unos segundos adentro de la boca. También tenía un plato como con bichos bolita disecados que de a ratos se los metía en la boca. Pero a esos los elegía. Muchos los miraba y reprobaba con la cabeza, escribía algo con su uña en el papel y los tiraba. A mí todo eso me hacía como doler la cabeza y también algo me hacía arder las rodillas cuando giraba buscando una posición más cómoda.
CONTINUARá
por lucas
CONTINUARá
por lucas
lunes, 24 de noviembre de 2008
A+B+H = 9
A
Estamos en una conversación
B
ya no lo sé
A
tendrás inquietudes quizás
B
todo es muy impostado, no como antes que era todo importado
A
me imposta poco y nada
B
en verdad me tengo q ir
A
me imagine
B
lo se
A
arrancate esa cabeza de una vez
B
ya lo hice una vez y salieron de adentro pueblos enteros
B
es mucha responsabilidad
A
mucha responsabilidad es manejar el universo a piaccere y no saber q hacer con el
B
eso y ser el que pide el helado, todos gritando, el que toma el pedido piensa que no es en serio, a nadie le gusta la menta granizada
B
muchas cosas por considerar
A
consideremos esto : cada cual elige su juego, pero jugar con fuego es peligroso y juegos de manos es de villanos.... no se puede jugar más a nada, que hago yo con todos estos juguetes a mí alrededor sin manos, sin pies ni ojos
B
es simple...buscás uno que no le guste a nadie, y ahí no te van a decir nada. pero a vos tampoco te va a gustar, a menos que tenga algo especial. yo tenía un robot con pilas sulfatadas que parecía de oro.
A
yo tenia un Frankenstein , sin tornillos no cicatrices.... creo q en realidad era otro personaje
B
yo tenía un castillo de palitos de helado todo de vale otro. lo llevé al kiosco y me dieron el castillo de greyskull
A
q impresionante, yo jamás tuve la suerte de q me toque un vale otro, una vez me toco un valet parking
B
ya lo sé, era yo, todavía sigo acá, buscando tu auto
A
en el espacio C4, patente BDR 333
B
el día
B
la mitad del diablo
A
si la otra mitad la deje en la vianda porque mi mama me dijo me podía empachar
B
siempre igual
A
como las sombras, siempre todo igual
B
la que come las sombras es la noche, viene, tarde, y no deja ninguna
A
porque esta a dieta, durante el invierno se come a los grillos, y a las cigarras y al calor
B
hay lugares donde la noche se come a la noche, ahí todos andan con la cabeza perdida y sólo tienen ATC
A
y tic-tacs vencidos
B
sólo hacen tic
A
eso es porque no les da el tiempo, sino si, sin o, sin i
B
sino es sin, sin n es si, sin i es s, sin s es in
A
sin ti, sin mi, sin los pulmones del pez de abajo de mi cama
B
sin ver que en verdad hay pirañas rodeando la boca del hombre que come rabas, esperando que busque la sal, que mire a otro lado, para meterse en su boca y matarlo por dentro, como buenos peces, en silencio, mudos como las haches
A
HHHHHHHHHH, acaso no dije nada recién ? esa cantidad de letras están destinadas a ser leídas pero nunca pronunciadas? Que maniaca mente malévola habrá echo esto?
B
creo que fue perón
A
el mismo que nació de su propio vientre dicen
B
como las plantas
A
naranjas limas
B
yo de naranja, abajo, y dulce de leche, arriba... él no se
A
siempre callado, no podemos venir a comprar un helado tranquilos, sin que este reverendo hijo de su madre se quede callado, siempre el mismo insolente
B
podes hablar gil, dale, decile al heladero lo que queres
A
pero decidí bien, porque la última vez querías uno de H, y sabes como se pone la gente cuando decís eso
B
me tengo q ir, los dejos a los dos
B
un abrazo, vean cómo hacen
B
me quedó uno solo
A
vos mira como naces
por unperroenelcirco
Estamos en una conversación
B
ya no lo sé
A
tendrás inquietudes quizás
B
todo es muy impostado, no como antes que era todo importado
A
me imposta poco y nada
B
en verdad me tengo q ir
A
me imagine
B
lo se
A
arrancate esa cabeza de una vez
B
ya lo hice una vez y salieron de adentro pueblos enteros
B
es mucha responsabilidad
A
mucha responsabilidad es manejar el universo a piaccere y no saber q hacer con el
B
eso y ser el que pide el helado, todos gritando, el que toma el pedido piensa que no es en serio, a nadie le gusta la menta granizada
B
muchas cosas por considerar
A
consideremos esto : cada cual elige su juego, pero jugar con fuego es peligroso y juegos de manos es de villanos.... no se puede jugar más a nada, que hago yo con todos estos juguetes a mí alrededor sin manos, sin pies ni ojos
B
es simple...buscás uno que no le guste a nadie, y ahí no te van a decir nada. pero a vos tampoco te va a gustar, a menos que tenga algo especial. yo tenía un robot con pilas sulfatadas que parecía de oro.
A
yo tenia un Frankenstein , sin tornillos no cicatrices.... creo q en realidad era otro personaje
B
yo tenía un castillo de palitos de helado todo de vale otro. lo llevé al kiosco y me dieron el castillo de greyskull
A
q impresionante, yo jamás tuve la suerte de q me toque un vale otro, una vez me toco un valet parking
B
ya lo sé, era yo, todavía sigo acá, buscando tu auto
A
en el espacio C4, patente BDR 333
B
el día
B
la mitad del diablo
A
si la otra mitad la deje en la vianda porque mi mama me dijo me podía empachar
B
siempre igual
A
como las sombras, siempre todo igual
B
la que come las sombras es la noche, viene, tarde, y no deja ninguna
A
porque esta a dieta, durante el invierno se come a los grillos, y a las cigarras y al calor
B
hay lugares donde la noche se come a la noche, ahí todos andan con la cabeza perdida y sólo tienen ATC
A
y tic-tacs vencidos
B
sólo hacen tic
A
eso es porque no les da el tiempo, sino si, sin o, sin i
B
sino es sin, sin n es si, sin i es s, sin s es in
A
sin ti, sin mi, sin los pulmones del pez de abajo de mi cama
B
sin ver que en verdad hay pirañas rodeando la boca del hombre que come rabas, esperando que busque la sal, que mire a otro lado, para meterse en su boca y matarlo por dentro, como buenos peces, en silencio, mudos como las haches
A
HHHHHHHHHH, acaso no dije nada recién ? esa cantidad de letras están destinadas a ser leídas pero nunca pronunciadas? Que maniaca mente malévola habrá echo esto?
B
creo que fue perón
A
el mismo que nació de su propio vientre dicen
B
como las plantas
A
naranjas limas
B
yo de naranja, abajo, y dulce de leche, arriba... él no se
A
siempre callado, no podemos venir a comprar un helado tranquilos, sin que este reverendo hijo de su madre se quede callado, siempre el mismo insolente
B
podes hablar gil, dale, decile al heladero lo que queres
A
pero decidí bien, porque la última vez querías uno de H, y sabes como se pone la gente cuando decís eso
B
me tengo q ir, los dejos a los dos
B
un abrazo, vean cómo hacen
B
me quedó uno solo
A
vos mira como naces
por unperroenelcirco
El camión
un cuento.
No todas las historias tienen que entenderse. Yo recuerdo que veía a una bruja en una película de la que nunca pude acordarme el nombre. Simplemente era esa bruja, esos ojos que cambiaban de tono. Yo tenía cinco años y la pantalla de la televisión me protegía de la posibilidad de esa bruja, pero también la hacía más real. Por las noches una bruja, por las noches una bruja y un niño sobre un árbol, una caminata. Por las noches los ojos de la bruja. No había una escena, simplemente era esa suma de elementos. Bruja, niño, árbol, camino. Por eso les digo que me escuchen, que no importa cómo suceden las cosas, ni hacia donde van, sino simplemente que sucedieron.
Como decía antes de que me interrumpan, la puerta del camión se cerró unos segundos después de que el Vasquito grite que vamos a pasar la noche acá en esta estancia, a eso de las seis tamos saliendo así que los despierto así no se amanecen en plena ruta y pueden mear tranquilos.
Pero la noche todavía tardaría una hora o unos cuarenta minutos más en llegar así que pude ver claramente cómo Manuel tomaba del pico de una Sprite de litro y medio ya casi sin gas. El camión era de esos grandes, de los que transportan mercadería, pero estaba por la mitad cargado mayormente con cajas de dulce de leche.
Si hay algo que recuerdo bien de ese rectángulo, es el olor que tenía. Era un olor muy fuerte, más fuerte que el del dulce de leche y costaba dejar de pensar en él. El Vasquito nos llevaba desde El Chaltén hasta Comodoro Rivadavia, cruzando toda una provincia que íbamos a ver solamente a través de la rendija horizontal que se formaba entre la pared que daba con la cabina y el agujero del desagüe. Tiene que usarlo más seguido al agujerito el amigo, no puede ser el olor a mierda que hay, se quejaba Matías.
Desde esa rendija, entraba la luz con la que lo veía a Manuel terminándose la Sprite. Antes de salir del Chaltén, desarmando la carpa a las apuradas con la noticia de que El Vasquito nos llevaba en pocos minutos, yo había alcanzado a comprar un pan casero, un sachet de mayonesa y la gaseosa.
Lo miré a Matías que ya casi estaba durmiendo o ahora diría que pensando en algo que no se muy bien qué era; en fin, estaba en otro lugar, apoyado contra la pared del camión, los brazos detrás de la nuca y la bolsa de dormir que le tapaba los pies y las piernas. Le pregunté si había meado antes de salir, calculando que serían las nueve y faltaban varias horas para que nos volviesen a abrir la puerta del camión desde el lado de afuera. Me miró como diciendo que tan boludo no era, mientras Manuel escupía el fondito de la gaseosa al grito de yo no.
Nos reímos los tres, aunque más que nada Matías y yo, y comenzamos a jugar a un juego que ya era habitual en el viaje: nos tirábamos los tres uno al lado del otro, cada uno en su bolsa de dormir. Uno de los de la punta imaginaba algo a su antojo (podía ser desde una rana hasta una alfombra) y luego lo decía a viva voz: te paso una rana. La rana imaginaria pasaba de la mente de uno de los de las puntas al del medio, que la transformaba en otra cosa o la vestía en su imaginación, o la acompañaba de algún nuevo amigo, y la mandaba para la mente del último de la fila. Así, desde una rana llegábamos a imperios de ranas azules vestidas de smoking y así hacíamos que pase el tiempo, que era el objetivo de casi todos los días del viaje.
Se que mientras cuento esta historia Manuel también tiene su versión. Se que pasó noches en vela buscando la manera de contarla y me encantaría saber cómo son sus párrafos, cómo cuenta cada personaje; si habla de ranas o de conejos. Tal vez en su historia él tomaba una Fanta, o no tomaba nada.
Teníamos también una caja de fósforos de las grandes. Cuando se hizo más de noche, cada vez que alguno de los tres prendía un cigarrillo el camión se iluminaba por unos segundos, nos veíamos las caras y, cada uno por adentro, chequeaba si ningún otra alma miraba nuestra reunión.
Era nuestro primer viaje solos, estábamos durmiendo en la parte trasera de un camión y sentíamos que el mundo era nuestro en cada uno de los flashes de fósforo que iluminaban la noche. Eso nos daba miedo, o la soledad, o la puerta cerrada del camión sin posibilidad de salir afuera hasta las seis de la mañana. Sabés el cagazo que tenía esa noche cuando te escuchaba roncar, me iba a decir Matías treinta años después mientras se vendaba antes de un partido de fútbol cuando le contábamos la anécdota del meo de Manuel al gordo Espinoza.
A las tres de la mañana (calculo que esa sería la hora), Manuel me despertó. Tengo que mear, sí o sí, me dijo con ojos desorbitados y completamente transpirado. Matías se despertó con mi risa y los dos nos quedamos escuchando cómo Manuel buscaba por todo el camión alguna manera de solucionar su problema.
Busqué la caja de fósforos. Quedaba uno sólo. Lo prendimos y con la risa de Matías se apagó. Mientras los minutos pasaban, los ojos no terminaban de acostumbrarse a la oscuridad. La rendija era muy chica y no era una noche de luna.
Yo también empecé a buscar la solución, porque Manuel estaba insoportable y no nos dejaba dormir. Después de unos minutos, tanteando en el piso encontré la botella de Sprite. La corté con un cuchillo que tenía en mi mochila, hice un embudo, y le dije a Manuel que la use de inodoro por el agujero del desagüe. Había algo que le daba vergüenza en esto de arrodillarse con el culo al aire y mear por el embudo improvisado y además no veía nada, asi que tardó unos minutos en decidirse. Una vez que se dispuso a hacerlo, empezó a mover todo los cartones que había alrededor para que no se salpiquen. Con Matías lo ayudamos y nos dimos cuenta de que cuánto más cerca estábamos de esa esquina, más fuerte era el olor.
Yo comencé a juntar los cartones y los fui a acomodar a la esquina contraria al desagüe. Ahí directamente no se podía estar; pero había que poner las cosas en algún lugar. Puse los cartones en el piso y cuando iba a acomodar el lugar, me di cuenta de que había unas frazadas que nos podían servir para el resto de la noche.
Moví una de las frazadas y descubrí de dónde venía el olor. Con el dedo de mi mano izquierda toqué un bulto grande. Me toqué mi dedo con la otra mano y me di cuenta de que estaba mojado. En ese momento no podía hablar, y lo único que hice fue volver a tapar el bulto con la frazada. El olor me hizo hacer una arcada.
Volví a mi lugar, me tapé con mi bolsa de dormir y mientras sentía el sonido del meo de Manuel y las risas desencajadas de Matías, el pará boludo, no te rías; sabía que en un rincón del camión un bulto respiraba débilmente.
por lucas
No todas las historias tienen que entenderse. Yo recuerdo que veía a una bruja en una película de la que nunca pude acordarme el nombre. Simplemente era esa bruja, esos ojos que cambiaban de tono. Yo tenía cinco años y la pantalla de la televisión me protegía de la posibilidad de esa bruja, pero también la hacía más real. Por las noches una bruja, por las noches una bruja y un niño sobre un árbol, una caminata. Por las noches los ojos de la bruja. No había una escena, simplemente era esa suma de elementos. Bruja, niño, árbol, camino. Por eso les digo que me escuchen, que no importa cómo suceden las cosas, ni hacia donde van, sino simplemente que sucedieron.
Como decía antes de que me interrumpan, la puerta del camión se cerró unos segundos después de que el Vasquito grite que vamos a pasar la noche acá en esta estancia, a eso de las seis tamos saliendo así que los despierto así no se amanecen en plena ruta y pueden mear tranquilos.
Pero la noche todavía tardaría una hora o unos cuarenta minutos más en llegar así que pude ver claramente cómo Manuel tomaba del pico de una Sprite de litro y medio ya casi sin gas. El camión era de esos grandes, de los que transportan mercadería, pero estaba por la mitad cargado mayormente con cajas de dulce de leche.
Si hay algo que recuerdo bien de ese rectángulo, es el olor que tenía. Era un olor muy fuerte, más fuerte que el del dulce de leche y costaba dejar de pensar en él. El Vasquito nos llevaba desde El Chaltén hasta Comodoro Rivadavia, cruzando toda una provincia que íbamos a ver solamente a través de la rendija horizontal que se formaba entre la pared que daba con la cabina y el agujero del desagüe. Tiene que usarlo más seguido al agujerito el amigo, no puede ser el olor a mierda que hay, se quejaba Matías.
Desde esa rendija, entraba la luz con la que lo veía a Manuel terminándose la Sprite. Antes de salir del Chaltén, desarmando la carpa a las apuradas con la noticia de que El Vasquito nos llevaba en pocos minutos, yo había alcanzado a comprar un pan casero, un sachet de mayonesa y la gaseosa.
Lo miré a Matías que ya casi estaba durmiendo o ahora diría que pensando en algo que no se muy bien qué era; en fin, estaba en otro lugar, apoyado contra la pared del camión, los brazos detrás de la nuca y la bolsa de dormir que le tapaba los pies y las piernas. Le pregunté si había meado antes de salir, calculando que serían las nueve y faltaban varias horas para que nos volviesen a abrir la puerta del camión desde el lado de afuera. Me miró como diciendo que tan boludo no era, mientras Manuel escupía el fondito de la gaseosa al grito de yo no.
Nos reímos los tres, aunque más que nada Matías y yo, y comenzamos a jugar a un juego que ya era habitual en el viaje: nos tirábamos los tres uno al lado del otro, cada uno en su bolsa de dormir. Uno de los de la punta imaginaba algo a su antojo (podía ser desde una rana hasta una alfombra) y luego lo decía a viva voz: te paso una rana. La rana imaginaria pasaba de la mente de uno de los de las puntas al del medio, que la transformaba en otra cosa o la vestía en su imaginación, o la acompañaba de algún nuevo amigo, y la mandaba para la mente del último de la fila. Así, desde una rana llegábamos a imperios de ranas azules vestidas de smoking y así hacíamos que pase el tiempo, que era el objetivo de casi todos los días del viaje.
Se que mientras cuento esta historia Manuel también tiene su versión. Se que pasó noches en vela buscando la manera de contarla y me encantaría saber cómo son sus párrafos, cómo cuenta cada personaje; si habla de ranas o de conejos. Tal vez en su historia él tomaba una Fanta, o no tomaba nada.
Teníamos también una caja de fósforos de las grandes. Cuando se hizo más de noche, cada vez que alguno de los tres prendía un cigarrillo el camión se iluminaba por unos segundos, nos veíamos las caras y, cada uno por adentro, chequeaba si ningún otra alma miraba nuestra reunión.
Era nuestro primer viaje solos, estábamos durmiendo en la parte trasera de un camión y sentíamos que el mundo era nuestro en cada uno de los flashes de fósforo que iluminaban la noche. Eso nos daba miedo, o la soledad, o la puerta cerrada del camión sin posibilidad de salir afuera hasta las seis de la mañana. Sabés el cagazo que tenía esa noche cuando te escuchaba roncar, me iba a decir Matías treinta años después mientras se vendaba antes de un partido de fútbol cuando le contábamos la anécdota del meo de Manuel al gordo Espinoza.
A las tres de la mañana (calculo que esa sería la hora), Manuel me despertó. Tengo que mear, sí o sí, me dijo con ojos desorbitados y completamente transpirado. Matías se despertó con mi risa y los dos nos quedamos escuchando cómo Manuel buscaba por todo el camión alguna manera de solucionar su problema.
Busqué la caja de fósforos. Quedaba uno sólo. Lo prendimos y con la risa de Matías se apagó. Mientras los minutos pasaban, los ojos no terminaban de acostumbrarse a la oscuridad. La rendija era muy chica y no era una noche de luna.
Yo también empecé a buscar la solución, porque Manuel estaba insoportable y no nos dejaba dormir. Después de unos minutos, tanteando en el piso encontré la botella de Sprite. La corté con un cuchillo que tenía en mi mochila, hice un embudo, y le dije a Manuel que la use de inodoro por el agujero del desagüe. Había algo que le daba vergüenza en esto de arrodillarse con el culo al aire y mear por el embudo improvisado y además no veía nada, asi que tardó unos minutos en decidirse. Una vez que se dispuso a hacerlo, empezó a mover todo los cartones que había alrededor para que no se salpiquen. Con Matías lo ayudamos y nos dimos cuenta de que cuánto más cerca estábamos de esa esquina, más fuerte era el olor.
Yo comencé a juntar los cartones y los fui a acomodar a la esquina contraria al desagüe. Ahí directamente no se podía estar; pero había que poner las cosas en algún lugar. Puse los cartones en el piso y cuando iba a acomodar el lugar, me di cuenta de que había unas frazadas que nos podían servir para el resto de la noche.
Moví una de las frazadas y descubrí de dónde venía el olor. Con el dedo de mi mano izquierda toqué un bulto grande. Me toqué mi dedo con la otra mano y me di cuenta de que estaba mojado. En ese momento no podía hablar, y lo único que hice fue volver a tapar el bulto con la frazada. El olor me hizo hacer una arcada.
Volví a mi lugar, me tapé con mi bolsa de dormir y mientras sentía el sonido del meo de Manuel y las risas desencajadas de Matías, el pará boludo, no te rías; sabía que en un rincón del camión un bulto respiraba débilmente.
por lucas
jueves, 20 de noviembre de 2008
Bajo una luz marina
Esta mañana pasaba algo.
Un poco de nieve en el suelo.
El sol flotaba en un cielo azul claro.
El mar era azul, y azul verdoso,
hasta donde alcanzaba la vista.
Escasamente agitado. Tranquilo.
Me vestí y fui a dar un paseo, decidido a no volver,
hasta tomar lo que la naturaleza tenía que ofrecer.
Pase junto a unos árboles viejos, abatidos.
Cruce un prado salpicado de piedras
donde se amontonaba la nieve.
Seguí hasta llegar al acantilado.
Desde allí mire el mar, y el cielo,
y las gaviotas revoloteando sobre la blanca playa
allá abajo.
Todo encantador.
Todo bañado por una fría y pura luz.
Pero como siempre mis pensamientos empezaron a dispersarse.
Tuve que obligarme a ver lo que estaba viendo y nada más.
¡Y lo estuve viendo durante un minuto o dos!
Durante un minuto o dos eso se impuso
sobre las meditaciones habituales acerca de lo que estaba bien y de lo que estaba mal.
Deber, tiernos recuerdos, ideas de muerte,
de cómo debería tratar a mi ex mujer.
Todas las cosas que esperaba que se fueran esta mañana las que vivo cada día.
Las que he pisoteado para seguir vivo.
Pero durante un minuto o dos me olvide de mi mismo y de todo los demás.
Se que lo hice.
Pues cuando me di la vuelta, no sabia donde estaba.
Hasta que algunos pájaros se alzaron de los nudosos árboles.
Y se alejaron volando en la dirección que yo necesitaba que siguieran.
Raymond Carver.
linda
Un poco de nieve en el suelo.
El sol flotaba en un cielo azul claro.
El mar era azul, y azul verdoso,
hasta donde alcanzaba la vista.
Escasamente agitado. Tranquilo.
Me vestí y fui a dar un paseo, decidido a no volver,
hasta tomar lo que la naturaleza tenía que ofrecer.
Pase junto a unos árboles viejos, abatidos.
Cruce un prado salpicado de piedras
donde se amontonaba la nieve.
Seguí hasta llegar al acantilado.
Desde allí mire el mar, y el cielo,
y las gaviotas revoloteando sobre la blanca playa
allá abajo.
Todo encantador.
Todo bañado por una fría y pura luz.
Pero como siempre mis pensamientos empezaron a dispersarse.
Tuve que obligarme a ver lo que estaba viendo y nada más.
¡Y lo estuve viendo durante un minuto o dos!
Durante un minuto o dos eso se impuso
sobre las meditaciones habituales acerca de lo que estaba bien y de lo que estaba mal.
Deber, tiernos recuerdos, ideas de muerte,
de cómo debería tratar a mi ex mujer.
Todas las cosas que esperaba que se fueran esta mañana las que vivo cada día.
Las que he pisoteado para seguir vivo.
Pero durante un minuto o dos me olvide de mi mismo y de todo los demás.
Se que lo hice.
Pues cuando me di la vuelta, no sabia donde estaba.
Hasta que algunos pájaros se alzaron de los nudosos árboles.
Y se alejaron volando en la dirección que yo necesitaba que siguieran.
Raymond Carver.
linda
viernes, 24 de octubre de 2008
Viendo persianas cerradas con el señor de las estufas
Tiene la caja torácica muy estrecha y un bigote finísimo. Con las manos en los bolsillos, está apoyado entre las dos columnas que dan entrada al jardín delantero de la que parece su casa. A unos metros, lo miro desde arriba. Me doy cuenta de que hay dos tipos de personas muy petisas: los enanos y los que no se puede creer que de tan petisos que son, no sean enanos. Este hombre es de los segundos; y ahí me doy cuenta de algo más: lo conozco. Arreglaba la estufa de mi casa cuando yo era chico y mi hermano Tomás, que era aún más chico, ya lo había entrevistado una vez, junto a una estufa. “¿Por qué sos tan bajito?”, le dijo.
Le quiero decir que lo conozco, que arreglaba las estufas de mi casa, pero no me sale el nombre de su profesión. Pienso: gasista, el hombre de las estufas, plomero no. Creo que es gasista, pero no me animo a preguntarle si es gasista porque tampoco estoy tan seguro de que ese sea el nombre de la profesión ni de que él sea aquél hombre tan petiso.
Me mira llegar. Las manos en los bolsillos todavía. Vengo de la zapatería de la esquina, junto a la que parece la casa de este hombre. “¿Venís a la zapatería?”. Miro el auto que está en frente de la que parece su casa y es el mismo que tenía el señor de las estufas. Chiquito como él, de una marca extraña, amarillo. Unos segundos antes me había enterado que la zapatería estaba cerrada, que la señora Genoveva había fallado a nuestra cita. “Sí, vengo a la zapatería, le estoy haciendo unas preguntas a la señora”. Los dos nos damos vuelta para mirar la esquina, para ver las persianas metálicas bajas de la zapatería.
Una semana atrás entré en la zapatería por primera y última vez. Estuve tocando timbre un rato, haciéndole caso al cartel: Toque timbre. Ya me trataban de usted. Lo mismo hizo Genoveva cuando llegó. “¿Qué quiere?”, ladró con la puerta a medio abrir Genoveva. La señora, de unos 70 años, o tal vez un poco más, me miraba hosca rodeada por el aura de oscuridad de su zapatería. Atrás, junto al mostrador, una pequeña luz quería ganar la partida. La convencí de que me deje entrar, de que no la iba a matar, sólo le iba a hacer unas preguntas.
Un trabajo para la facultad. Qué lindo tiene el lugar. Podemos tomar unos mates si quiere. “No tomo mate”, ruge Genoveva. Custodiada por sus zapatos todavía quería seguir pensando que los jóvenes están perdidos y le costaba entrar en confianza. Yo me divertía con el juego de conquistar una viejita sin que ella sepa, aunque tal vez lo intuía y también jugaba a no dejar que el joven la conquiste.
Genoveva y la zapatería están en una esquina. Tiene dos o tres escalones antes de entrar y la puerta vidriada en medio de la vidriera. Allí posan unos maniquíes insulsos, marrones, y algunos zapatos viejos que hacen pensar que el lugar está en liquidación. Adentro, en cambio, es el mundo del zapato. Y el mundo de la melancolía hecha zapato.
“¿Mi vida?”, escupe Genoveva. “¿A vos te parece que mi vida es interesante?”. “Todas las vidas son interesantes”, digo lugares comunes con mi sonrisa más estúpida.
Detrás del mostrador hay una puerta que comunica con lo que creo es una casa. Se asoma por el hueco una luz de televisión y un sonido de chismes del espectáculo. No sé si hay alguien más por allí dando vueltas, aunque tengo la impresión de que sí. Genoveva ya no sostiene más la puerta, ahora estamos los dos del lado de adentro; pero los brazos en jarra de la vieja, que parece una tetera, me hacen pensar que mucho tiempo más no me voy a quedar.
“Nací en un pueblo de la baja Italia (me dijo el nombre, pero no me lo acuerdo. "No te lo vas a acordar", profetizó Genoveva), hace muchos años. Mi padre se vino para la Argentina cuando yo tenía sólo ocho días”. Lo dice con un peso que hace que sienta cada uno de esos ocho días que se le quedaron marcados en la frente, o en los tobillos. Parece que a partir de ese día, empezó a creer que todos eran su padre, “a todos les decía papá, pero una prima mía se encargaba de decirme que no, que no eran todos mi papá”. De hecho ninguno lo era.
Su padre había sido zapatero, y también lo fue su marido. A su padre Genoveva lo conoció en la Argentina, aunque ella dice que en verdad nunca lo conoció. Cuando lo vio ya era tarde y lo confundía con su tío, que era igualito. Trato de imaginarme a su padre y trato de imaginármelo distinto a todos los italianos inmigrantes que vi en las películas. No puedo. Ella me lo describe: “lo que tenía de distinto mi padre, lo que hacía que yo lo reconozca cuando vine a la Argentina a mis diez años, era que tenía rota una alpargata, entonces así yo lo diferenciaba de mi tío”. Al final es igual que en las películas, pienso. También pienso que en casa de herrero cuchillo de palo por lo de las alpargatas rotas del zapatero, aunque en verdad Genoveva no me dice si su padre se hizo zapatero antes o después de lo de la alpargata. O si se hizo zapatero para arreglar la alpargata.
Nos quedamos callados y creo que los dos nos ponemos a mirar la cantidad de cajas blancas que hay en ese pequeño cuadrado. Yo me acuerdo que alguna vez fui ahí con mi vieja a arreglar algún zapato cuando el marido de Genoveva vivía. Tenían un loro o una tortuga, algo que me llamaba la atención. Y creo que el lugar era menos oscuro, o yo veía las cosas más claras. “Todos estos zapatos hay que venderlos, porque desde que falleció mi marido ya nadie arregla zapatos acá. Los que se ocupaban del oficio eran los hombres. Yo ahora sólo espero vender todo lo que quedó”, improvisa un tango Genoveva y se empieza a sentir mal. “Me baja la presión”, me echa la culpa Genoveva. Como pensaba, me tengo que ir antes de lo que yo quería. Pero la mujer que decía que su vida no era interesante me guardaba un final de antología, mirando otra vez los dos los zapatos: “Cuando los venda todos, ahí me muero yo y nos morimos mi papá y yo de nuevo los dos juntos”, me dice. Chan, chan.
Y algo más, “no digas que me llamo Genoveva”. Eso sí que no me lo explica. “Vas a tener que venir otro día entonces, porque ya así no puedo”, esta vez me tutea y siento que un poco gané la partida, aunque en verdad ella fue la que manejó todo. Sin darme cuenta estoy otra vez en la calle y Genoveva cerró con llave. Salió caminando y se sumergió detrás del mostrador, en el hueco pintado con sombras de televisión. No le miré los zapatos.
Una semana después, con el hombre tan petiso que no se puede creer que no sea enano, seguimos mirando la esquina. Como comprobando que efectivamente están las persianas cerradas. “La señora se descompuso el domingo. Era diabética y ahora parece que está muy mal. Creo que está en coma”, me cuenta el señor de las estufas. “Si querés acá a la vuelta vive el hijo que es contador. Vas hasta la esquina y ahí donde está el local de ropa, ahí arriba vive el hijo que es el que se está encargando de todo. Le podés preguntar a él”.
Bueno, gracias, muchas gracias, qué lástima.
Vuelvo caminando y paso por el local donde arriba vive el contador pero no toco el timbre. Genoveva ya me contó todo lo que quería contar.
por lucas
Le quiero decir que lo conozco, que arreglaba las estufas de mi casa, pero no me sale el nombre de su profesión. Pienso: gasista, el hombre de las estufas, plomero no. Creo que es gasista, pero no me animo a preguntarle si es gasista porque tampoco estoy tan seguro de que ese sea el nombre de la profesión ni de que él sea aquél hombre tan petiso.
Me mira llegar. Las manos en los bolsillos todavía. Vengo de la zapatería de la esquina, junto a la que parece la casa de este hombre. “¿Venís a la zapatería?”. Miro el auto que está en frente de la que parece su casa y es el mismo que tenía el señor de las estufas. Chiquito como él, de una marca extraña, amarillo. Unos segundos antes me había enterado que la zapatería estaba cerrada, que la señora Genoveva había fallado a nuestra cita. “Sí, vengo a la zapatería, le estoy haciendo unas preguntas a la señora”. Los dos nos damos vuelta para mirar la esquina, para ver las persianas metálicas bajas de la zapatería.
Una semana atrás entré en la zapatería por primera y última vez. Estuve tocando timbre un rato, haciéndole caso al cartel: Toque timbre. Ya me trataban de usted. Lo mismo hizo Genoveva cuando llegó. “¿Qué quiere?”, ladró con la puerta a medio abrir Genoveva. La señora, de unos 70 años, o tal vez un poco más, me miraba hosca rodeada por el aura de oscuridad de su zapatería. Atrás, junto al mostrador, una pequeña luz quería ganar la partida. La convencí de que me deje entrar, de que no la iba a matar, sólo le iba a hacer unas preguntas.
Un trabajo para la facultad. Qué lindo tiene el lugar. Podemos tomar unos mates si quiere. “No tomo mate”, ruge Genoveva. Custodiada por sus zapatos todavía quería seguir pensando que los jóvenes están perdidos y le costaba entrar en confianza. Yo me divertía con el juego de conquistar una viejita sin que ella sepa, aunque tal vez lo intuía y también jugaba a no dejar que el joven la conquiste.
Genoveva y la zapatería están en una esquina. Tiene dos o tres escalones antes de entrar y la puerta vidriada en medio de la vidriera. Allí posan unos maniquíes insulsos, marrones, y algunos zapatos viejos que hacen pensar que el lugar está en liquidación. Adentro, en cambio, es el mundo del zapato. Y el mundo de la melancolía hecha zapato.
“¿Mi vida?”, escupe Genoveva. “¿A vos te parece que mi vida es interesante?”. “Todas las vidas son interesantes”, digo lugares comunes con mi sonrisa más estúpida.
Detrás del mostrador hay una puerta que comunica con lo que creo es una casa. Se asoma por el hueco una luz de televisión y un sonido de chismes del espectáculo. No sé si hay alguien más por allí dando vueltas, aunque tengo la impresión de que sí. Genoveva ya no sostiene más la puerta, ahora estamos los dos del lado de adentro; pero los brazos en jarra de la vieja, que parece una tetera, me hacen pensar que mucho tiempo más no me voy a quedar.
“Nací en un pueblo de la baja Italia (me dijo el nombre, pero no me lo acuerdo. "No te lo vas a acordar", profetizó Genoveva), hace muchos años. Mi padre se vino para la Argentina cuando yo tenía sólo ocho días”. Lo dice con un peso que hace que sienta cada uno de esos ocho días que se le quedaron marcados en la frente, o en los tobillos. Parece que a partir de ese día, empezó a creer que todos eran su padre, “a todos les decía papá, pero una prima mía se encargaba de decirme que no, que no eran todos mi papá”. De hecho ninguno lo era.
Su padre había sido zapatero, y también lo fue su marido. A su padre Genoveva lo conoció en la Argentina, aunque ella dice que en verdad nunca lo conoció. Cuando lo vio ya era tarde y lo confundía con su tío, que era igualito. Trato de imaginarme a su padre y trato de imaginármelo distinto a todos los italianos inmigrantes que vi en las películas. No puedo. Ella me lo describe: “lo que tenía de distinto mi padre, lo que hacía que yo lo reconozca cuando vine a la Argentina a mis diez años, era que tenía rota una alpargata, entonces así yo lo diferenciaba de mi tío”. Al final es igual que en las películas, pienso. También pienso que en casa de herrero cuchillo de palo por lo de las alpargatas rotas del zapatero, aunque en verdad Genoveva no me dice si su padre se hizo zapatero antes o después de lo de la alpargata. O si se hizo zapatero para arreglar la alpargata.
Nos quedamos callados y creo que los dos nos ponemos a mirar la cantidad de cajas blancas que hay en ese pequeño cuadrado. Yo me acuerdo que alguna vez fui ahí con mi vieja a arreglar algún zapato cuando el marido de Genoveva vivía. Tenían un loro o una tortuga, algo que me llamaba la atención. Y creo que el lugar era menos oscuro, o yo veía las cosas más claras. “Todos estos zapatos hay que venderlos, porque desde que falleció mi marido ya nadie arregla zapatos acá. Los que se ocupaban del oficio eran los hombres. Yo ahora sólo espero vender todo lo que quedó”, improvisa un tango Genoveva y se empieza a sentir mal. “Me baja la presión”, me echa la culpa Genoveva. Como pensaba, me tengo que ir antes de lo que yo quería. Pero la mujer que decía que su vida no era interesante me guardaba un final de antología, mirando otra vez los dos los zapatos: “Cuando los venda todos, ahí me muero yo y nos morimos mi papá y yo de nuevo los dos juntos”, me dice. Chan, chan.
Y algo más, “no digas que me llamo Genoveva”. Eso sí que no me lo explica. “Vas a tener que venir otro día entonces, porque ya así no puedo”, esta vez me tutea y siento que un poco gané la partida, aunque en verdad ella fue la que manejó todo. Sin darme cuenta estoy otra vez en la calle y Genoveva cerró con llave. Salió caminando y se sumergió detrás del mostrador, en el hueco pintado con sombras de televisión. No le miré los zapatos.
Una semana después, con el hombre tan petiso que no se puede creer que no sea enano, seguimos mirando la esquina. Como comprobando que efectivamente están las persianas cerradas. “La señora se descompuso el domingo. Era diabética y ahora parece que está muy mal. Creo que está en coma”, me cuenta el señor de las estufas. “Si querés acá a la vuelta vive el hijo que es contador. Vas hasta la esquina y ahí donde está el local de ropa, ahí arriba vive el hijo que es el que se está encargando de todo. Le podés preguntar a él”.
Bueno, gracias, muchas gracias, qué lástima.
Vuelvo caminando y paso por el local donde arriba vive el contador pero no toco el timbre. Genoveva ya me contó todo lo que quería contar.
por lucas
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